SPQR

El Senado y el Pueblo Romano

En esta entrada nos ocuparemos de la organización política. Un crimen precipitó el final de la Monarquía y del dominio etrusco, tan lamentado y odiado por los romanos, que borraron todo empuje de la refinada civilización que hoy nos resulta más desconocida que lo deseable. Volvemos al crimen: relata Tito Livio que, durante la guerra de Roma contra la ciudad de Árdea, ocupada por los rútulos, cenaban los aristócratas en casa de Sexto Tarquinio y, cómo no, se les fue la mano a la hora de beber. En plena euforia báquica, cada uno defendía a su mujer como la más virtuosa. De modo que decidieron volver a caballo a casa para comprobar qué hacía durante su ausencia cada una. Todas se estaban divirtiendo en un banquete ¿Todas? Bien, todas no. Lucrecia, esposa de Colatino, estaba hilando con sus criadas.

Esta absurda rivalidad entre jóvenes mimados acabó muy mal, ya que, en palabras de Livio (I,58), un deseo enfermizo de violar Lucrecia poseyó a Sexto Tarquinio. Así que al día siguiente, a espaldas de Colatino, fue a casa de éste, y amenazó a Lucrecia con arma blanca. Como la mujer no temía morir, el criminal la amenazó con asesinarla y colocar junto a su cadáver un esclavo desnudo, para que todo el mundo pensara que se había consumado relación entre domina et seruus . Ante tamaño chantaje, Lucrecia no pudo negarse. Violada moriría, pero deshonrada no. Envió un mensajero al padre, Espurio Lucrecio, y al marido para que se apresuraran a Roma con los amigos más fieles, Publio Valerio del padre y L. Junio Bruto del marido respectivamente. Una vez en Roma dice Lucrecia:

Huellas hay, Colatino, de otro hombre en tu cama, pero sólo mi cuerpo ha sido violado, el espíritu es puro; la muerte lo probará. Daos las manos y jurad que el adúltero no quedará impune. Sexto Tarquinio es quien anoche, como enemigo en lugar de huésped, se presentó armado y me arrancó aquí el gozo de vivir, hoy pernicioso para mí y, si sois hombres, también para él.

Y dicho esto y asegurada de la sanción del juramento, sacó un puñal que llevaba escondido en la ropa y se lo hundió en el corazón. Cae moribunda. Llama al hombre y al unísono el padre.
Vale la pena marcar esta concordancia con el sujeto más cercano con el verbo conclamare: Conclamat vir paterque, como si un grito en el cielo hubiera fundido en uno solo marido y padre. Livio es un maestro de la épica y de la tragedia.

He querido reproducir este trágico episodio de la historiografía romana y quiero establecer un paralelismo con la Troya perdida por el amor de París hacia Helena o el Romance del Rey don Rodrigo, enloquecido por amor a la Cava.. Y es que como decía Catulo:

otium, Catulle, tibi molestum est:

otio exsultas nimiumque gestis:

otium et reges prius et beatas

perdidit urbes.

Mientras marido e hijo están de luto, Bruto saca el puñal del corazón de Lucrecia y jura que echará al rey L. Tarquinio el Soberbio, esposa e hijos y que nunca más volverá a soportar ni él mismo ni Roma el gobierno de un rey. El cadáver de Lucrecia es llevado al foro, donde acude la juventud romana fuera de sí por la atrocidad del crimen y también la juventud colatina. Bruto encabeza la revuelta que acabó con el exilio del rey, que fue asesinado en la ciudad de Gabios. Tras la tormenta llega la calma en los comicios centuriados, que eligen a Bruto y Colatino como cónsules de Roma, los primeros cónsules de Roma, en 509 aC, Bruto et Collatino consulibus. Si el punto de referencia para el cómputo de los años er la fundación de Roma ab urbe condita, nace ahora otra forma de contar los años, con la indicación de los nombres de cada cónsul en ablativo y la palabra consulibus: «durante el consulado de Bruto y Colatino…». A continuación veremos que los cónsules, al igual que el resto de magistrados del cursus honorum, se renovaban cada año.